No son pocas facetas que aseguran y confirman la
perdurabilidad de Matilde, ya preanunciadas en vida, corroboradas
en el día de su paso a la inmortalidad y aseguradas en el tiempo
infinito posterior.
Un ser humano de proyecciones no muy comunes, uniendo o amalgamando,
sin confundir, los variados y difíciles roles que intentó
con éxito allegar hacia sí a sus semejantes, ya en el
foro, ya en el auditorio, ya en la lectura, o en la deliberación
y crítica. ya en la ética, como en la estética,
ya en la judicatura, donde afirmaba una pose indiscutible en todo
cuanto concierne a lo rápidamente llamado tribunalicio. O en
fin, para compendiar de algún modo, en todo lo humanístico
y humanitario que un ser sensible quiere y puede poner a consideración
de los demás y de los futuros hasta el mínimo atisbo
de grandeza en la niñez, el cuidado o esmero en la mitad sin
dobleces ni ocultaciones y esa cualidad de lo justo, lo bueno, lo
bello y lo noble.
Hacer fácil o simple lo difícil, intrincando
y complejo. he allí la audiencia del magisterio en la exposición
en cualquier nivel. Ya aquel alegato tribunalicio, ya la línea
inextricable de la poesía que, sin carecer de profundidad,
ensambla la belleza con lo moral. Y la ocasional charla de pasillo,
o el encuentro fugaz en una esquina, o la mirada que habla junto a
otro espectador en la audiencia de cualquier asunto de justicia, ciencia,
cultura o específicamente literatura, en especial la eterna
poesía.
En todas las facetas lució con fuerza y terneza,
con fe siempre segura y hasta sus últimas consecuencias de
no transigir ni delegar, en la esperanza y en el amor.
Cuando se intenta un homenaje, o con él, sintetizar
las realizaciones o logros de un ser como Matilde. Y el intento, entonces,
allí es fácil y difícil, porque son esas pequeñas
cosas, o anécdotas que luego resultan grandes, y por ende,
engrandecen sin querer queriendo -como decía Matilde- la leve
sonrisa de una mañana, la palabra fugaz de un encuentro de
circunstancia o cualquier otra llegada en la puerta misma de los tribunales,
una mañana, en que dejó en mis manos un epitafio con
el que me saludó como el nuevo presidente de la SADE en setiembre
de hace treinta y dos años. En efecto, en esa primavera de
1973, puso en mi corazón este poema que quiero decir una vez
más, junto a un callado y profundo gracias Matilde, que así
lo tituló,
Epitafio
(para la larga vida de un hombre de larga barba)
Yace aquí
detén y sabe,
Atilio Milanta, abogado,
un ave,
blanca
a pesar de su quehacer,
a un mismo tiempo
cofrade
de Walt Withman
o Baudelaire,
y presidente
de SADE
nada que ver,
ni pariente
siquiera
de aquel marqués.
Coincido con cuantos sostienen que el libro tiene
un destino secreto que impide, de momento, todo análisis, crítica
o deliberación: pero, el mismo nunca puede quedar exento de
ese juicio, indeliberado y hasta inefable, que surge con la espontaneidad
de las evocaciones, no tanto en un día como hoy, sino en el
encuentro inesperado con otro poeta, o en una leve caminata por el
bosque, o en una salida fugaz para emprender un viaje, o tal vez,
en el final del mismo, como me ocurriera hace poco en San Nicolás
con una escritora presidente del Rotary Club de allí que me
preguntó cuáles escritores tenía yo en mi consideración
en el ámbito platense. Por supuesto que mencioné a varias
de mi esencial gusto y afecto: María Cecilia Font, Aurora Venturini,
y más adelante a Matilde Creimer. Y fue entonces que me dijo
no saber de Matilde, y previo a invitarme a hablar más adelante
de ella, le adelanté algo que hace mucho ella dijo de sí
misma: “Soy una luchadora que no baja los brazos”. Y le
recordé que, en la fiesta del abogado del pasado año,
en la sede del Colegio platense, se me pidió leyera de ella
alguna composición, y al advertir yo que había varios
jueces, y con mucho placer y beneficio para algunos de ellos, leí
la titulada “Oración a mi juez”, que dice así:
ORACION
A MI JUEZ
Padre
nuestro que estás en el Juzgado
que te vistes, te calzas,
nos ignoras.
Tienes hijos los besas, los comprendes.
Tienes madre, la quieres,
la proteges.
Que percibes tu paga, que la gastas,
despreocupas de nos,
que nos olvidas.
Padrenuestro que estás en el Juzgado
por las noches te acuestas,
no nos piensas,
y en la noche aquí lejos,
te evocamos,
nos mordemos al suelo, nos morimos
castigamos la piedra
con los puños, con las manos unidas
con las uñas.
Padrenuestro que estás en el Juzgado.
Que proyectas, celebras, que disfrutas
que te sientes feliz
que nunca estamos en tu amor ni fulgor
ni en tu sonrisa. Baja al mundo de nos, danos tu mano
ponte un poco la ropa de desdicha,
sé pequeño, sé opaco,
un punto apenas,
el negado de ayeres, sin mañana,
y el perdido del todo,
irrescatable.
El metido en el frío, como un perro,
sé ladrido y aullido
sé un instante
cada niño que un día sepultaste
con la augusta operancia de tu firma.
Sé perverso y sé cándido en un solo
ser que mira y escucha
y no comprende;
sé ese bruto que soy, que te lo debo.
Sé un instante yo mismo,
y no te mires,
desde mí temblarás te verás turbio.
Padrenuestro que estás en el Juzgado,
que no estás, ni estuviste,
así no sea.
Representado a varias prestigiosas entidades platenses
de la abogacía, la cultura y la literatura, el aciago 14 de
sept. de hace un lustro, despedí a Matilde en la necrópolis
platense de sus ancestros, oportunidad en que, entre otros conceptos,
dejé puntualizado la alusión de Almafuerte, entre otros
poetas de aquí, pero sobre todo de Almafuerte, y no es para
menos, porque Matilde, como dijera alguna vez Luciano Román,
ella “a pulmón, entre la poesía y el derecho”,
o sea, en la lucha con el canto, la belleza, la estética, junto
a ese otro valor, tan desconocido en ciertos tiempos, como hoy, como
es la justicia.
Dije en aquel entonces que si ella fue poetisa porque
fue abogada, o abogada porque fue poetisa, hoy ya no viene al caso,
pues quizá una de las dos cosas porque fue de alguna de las
otras dos o viceversa. No creo que Matilde haya dejado de ser abogada
cuando poetizaba o dejaba de ser poetisa cuando abogada. La pluma
de la poesía, en esencia, era la misma pluma de la abogacía,
y en esos encendimientos de hermosura y alegato, no cabía si
no entenderla compendiada íntegramente en las dos cualidades
esenciales donde siempre brilló con luz propia y encanto secretísimo
y personal que la hacía identificada consigo misma.
Y “sobre la niña que fui”, dejo dicho esta hermosura:
Niñez
(a la niña que fui)
Con mi cara pecosa, mi apellido difícil y mi magra figura
llegue a la escuela nueva.
El banco más oscuro, el más viejo del grado
fue mi primer refugio.
Nadie me conocía, ni me hablaban siquiera,
y pasaban los días…
La maestra me llama “esa niña”;
una cosa cualquiera que el destino puso
para que sufriera.
Y una vez hice un verso para una maestra
que se había muerto, a quien todos quisieron
y yo ni conocía.
Lloraron conmovidas todas mis compañeras.
Debió malgastarse una vida, para que yo viviera.
Desde entonces fui una niña como ellas
y nos hermanamos
y ya mi apellido no tuvo tantas letras,
ni en mi cara se notaban tan oscuras mis pecas
y ya no era tan flaca.
En el verso que hice para la maestra me lloraba yo misma,
y tal era mi pena que conseguí hacer lluvia
transparente y buena
de aquel bloque de hielo
que me cercó en la escuela.
Con mi cara pecosa y mi apellido difícil
debió morirse alguien para que yo viviera. (Inédito)
El misterio del hombre puede develarse fácilmente
a través de la poesía, en tanto ésta no permanezca
en la sombra de lo inexplicable o en la zona de lo inextricable. Porque
para enunciar reflexiones profundas no es preciso acometer la senda
de esa poesía abroquelada en el hermetismo de la incomprensión.
Y Matilde, sin echar mano a esos instrumentos raros de escribir difícil
para que nadie entienda, verificó la personalidad de una poesía
tan suya como que no imitó a nadie ni nadie pudo imitarla a
ella.
En conclusión, su total inteligibilidad, sin perder altura
de reflexión, es una de las prendas más notables de
su producción poética. Toda Matilde es así.
Hace poco el Consejo Deliberante de La Plata, por
sus notorios éxitos, emprendimientos, realizaciones y obras,
la otorgó el preciado galardón de Ciudadana Ilustre,
como que Matilde nació en esta ciudad un 24 de febrero -también
cumpleaños de mi madre- y murió en ella el 13 de setiembre
de hace 5 años.
Concurrí a la sesión pertinente y tuve
un diálogo oculto, silencioso y extraño con Matilde,
a quien le pregunté si no era demasiado tarde, a lo que ella
me aseguró, con la chispa de costumbre, lo siguiente: Mirá,
Atilio, nunca es tarde cuando la dicha es buena: además, tengo
la ventaja de no poder prometer seguir siendo ilustre, sino hasta
el 13 del mes de la primavera de hace cinco años. Decile a
los demás, lo que vos sabés muy bién: que aquí
estoy en una paz indecible y donde veo la cara de dios en todo momento.
Con el permiso de ella, o sin ese permiso, no recuero bien, en el
Tomo III de Abogados Poetas dije, tanto Matilde Creimer, como Matilde
Kirilovsky o Matilde Alba Swann, pero siempre Matilde, son diversos
y únicos modos de una inefable y extraña síntesis
de mujer, esposa, madre, abogada, todo, poeta y poetisa. Aunque con
palabras no se puede explicar ni describir jamás a esa misteriosa
conjunción de tanto bueno y tanto positivo: ya en Canción
y grito (1955), como en Salmo del retorno (1957), o Madera para mi
mañana (1957), o Tránsito del infinito adentro (1959),
o Coral y remolino (1960), o Grito y luna (1971), o Con un hijo bajo
el brazo (1978) o como Crónica de mí misma (1980)
Matilde dijo una vez esta justeza de enunciación, justicia
y verdad( por supuesto, dicho a su manera clara, precisa y contundente):
Dios
estaba en mi casa.
Dios estaba en mi casa.
Junto a mi máquina de escribir.
Al lado
de la hamaca donde juegan mis hijos.
En
mi jardín sobre el cantero
donde asoman
los primeros atisbos del verano.
Yo salí para el templo
Joyas, pieles, sombreros, artificio.
El cielo clausurado.
Dios
estaba en mi casa,
claro, nuestro, sencillo, cotidiano,
y yo había salido
por caminos
tan desiertos de él,
por encontrarlo.
Como ven ustedes sin necesidad de las altisonancias
ni los ditirambos, solo estos párrafos leves, dichos sin las
hipócritas gravedades a las que suelen acudir los reflejos
sin sustentos y las palabras huecas de los dinosaurios de los vanos
elogios.
Matilde asegura su porvenir en la autenticidad de todo cuanto fue,
de todo cuanto hizo y de todo cuanto perdura en cada una de las líneas
de su poesía.
La densa niebla que alguna vez intenta deformar o
desdibujar el panorama o ese horizonte que se extiende hacia adelante
de todo lo demás, en el orden humano, no es otra cosa que el
desdén, la necesidad o la envidia de cuanto inútil o
negativo existe e esta vida y contra los cuales tanto tuvo que luchar
Matilde, además, para defender a indefensos niños, necesitados
y ancianos. Mientras, la opulencia que reinaba en otros espacios,
desconocía la aventura de la gracia y el sortilegio de la bondad.
Existen muchos modos de dejar legados a los que suceden
a quien de este mundo se va un día. Muchos de ellos son los
objetos, las cosas o materias, que luego fenecen, se pierden o gastan,
también se olvidan y pierden lo necesario para seguir en el
lucimiento de los sentidos. Matilde, en cambio, dejó legados
de otras características, por que, en lugar de objetos, son
bienes cosechados en los más encarnecidos afanes de los idealismos
y las hermosuras.
En un día, como hoy, la gratitud, simplemente. No otra cosa
merece y espera Matilde que, en más de una oportunidad, me
alienta con un guiño de ternura, fidelidad y canto. Gracias,
Matilde.