MATILDE ALBA SWANN
(Disertación de la Señora Ilda Elena
Merlo en su homenaje efectuada en el
Circulo Policial, por el Ateneo Literario
Benito Linch, el 9 de agosto de 2005)
Con este seudónimo se conoció en literatura a la Dra.
Matilde Kirilovsky de Creimer, ya que cuando comenzó a escribir
poesía, conservó su nombre al que agregó Alba
y como apellido Swann.
Nació en La Plata el 24 de febrero de 1912. Concluidos sus
estudios primarios, ingresa al Colegio Secundario de Señoritas
en 1925. Cursa el bachillerato y se gradúa a los 18 años,
en 1930. En 1931 ingresa a la facultad de Derecho y brillantemente,
en dos años, obtiene su título de abogada en 1933. Ejerce
su profesión durante mas de 50 años.
En 1935 contrae matrimonio con Samuel Creimer, también abogado,
Nacerán cinco hijos: Diana Themis, Ricardo Gustavo, Guillermo
Aníbal, Claudio Marcelo e Ingrid Margarita.
Espíritu rebasado por todo el acíbar del mundo, necesita
gritarlo, no solo desde el estrado, sino desde el dolor y el sabor
de lágrimas, en el verso y la palabra.
Su primer libro fue “Canción y grito” en 1955.
Todo lo demás será luego una insaciable sed de creación.
Ocho libros así lo confirman.
De familia muy modesta, de trabajadores, pero amantes de la cultura,
su niñez no fue fácil y un hecho cotidiano revela a
la poeta y fue manifestando en adelante su riquísimo mundo
vivencial.
En recordación por un dolor de infancia escribe:
“Pobreza
a los diez años”
Toda
mi angustia tuvo la forma de un zapato.
de un zapatito roto, opaco, desclavado.
El patio de la escuela... Apenas tercer grado...
Qué largo fue el recreo, el más largo el año.
Yo sentía vergüenza de mostrar mi pobreza.
Hubiera preferido tener rotas las piernas
y entero mi calzado. Y allí contra una puerta
recostada, mirando, me invadía el cansancio
de ver cómo corrían los otros por el patio.
Zapatos
con cordones, zapatos con tirillas,
todos zapatos sanos. Me sentía en pecado
vencida y diminuta, mi corazón sangrando...
Si supieran los hombres cuánto a los diez años
puede sufrir un niño por no tener zapatos...
Qué anticipo de angustia. Todavía perdura
doliéndome el pasado. El patio de la escuela
y aquel recreo largo...
Mi
piecesito trémulo, miedoso, acurrucado.
Mi infancia entristecida, mi mundo derrumbado.
Un pájaro sin alas, tendido al pie de un árbol.
La pobreza no tiene perdón a los diez años.
Evocando a su madre, la razón y el todo de aquel hogar que
cobijó su niñez, el verso la acaricia en el valor afectivo
del poema
“La
Precisamos”
Es
ya muy viejecita, Señor...!
pero haz que aún viva.
El solo pilar, resto
de aquel antiguo templo de hogar
que conservamos.
Custodia del retrato del padre,
fiel vigía,
de todo cuanto fuera lo aquéllo,
candelabro
de dos brazos orando perenne,
lumbre apenas
rozada por la brisa.
Señor,
que no se apague;
en ella está la llama fraterna
que nos liga.
Un
curso diferente, partimos
cada uno llamado a cosas nuevas
y nuego hogar, sólo ella
quedó en la casa vieja queriendo
las paredes, el suelo que anduvimos,
la antigua mesa, el todo
de entonces, que hizo rama
propicia para un sueño perpetuo
de armonía.
Señor,
la precisamos,
hoy más que siempre,
anciana, desierta de presencias,
poblada de recuerdos,
en un anhelo, nunca saciado
de tenernos.
Ternura de un dormido regazo
que nos guarda
como antes.
Oh, la entraña caliente
donde aún duele caliente nuestra pena.
Señor, que no nos falte.
Vencida, cada día pequeña,
más pequeña,
más huérfana de todo, más cerca
de dejarnos, ya es casi la hija nuestra.
Sumisa como un niño, deseosa
de ser grata, temblante, retraída,
temiendo no ser todo lo leve
que quisiera
cabeza blanca triste, y manos
sacudidas de invierno, y esos pasos
que apenas ya si suenan.
Señor,
en su sangre lentísima
que andamos, del brazo todavía como antes
cuando niños, unidos.
Que no quiera
su sangre detenerse, Señor,
la precisamos...!
Como vemos Matilde Alba Swann canta y plasma al mundo a través
de sus reacciones emotivas, la tristeza y el dolor son sentimientos
destacados por ella, entre los que naufragan sus sueños y sus
realidades. Aquí su poesía:
“
Yo no tengo la culpa”
Yo no tengo la culpa
de amar tenaz la sombra de las cosas que fueron,
y sentir la impaciencia del misterio que ronda,
y vibrar la certeza de la luz que fulgura.
Yo no tengo la culpa de quedarme conmigo
en la hora del brindis, del laurel, de la espiga,
en refugio de infancia, en retorno de escuela,
en regreso a la tierna canción adormecida.
Yo no tengo la culpa de sumarme a la noche,
de soltarme en los techos en congoja de lluvia,
de morir de vergüenza con aquél que se humilla,
de quemarme en la fiebre mortal de los enfermos,
de dolerme en las hojas pisoteadas de otoño,
de gemir en las ramas de bramar con el viento.
Yo no tengo la culpa de ser una partícula
del cuerpo de la pena,
del coraje, del sueño, del amor por la eterna
tristeza de los hombres.
Sólo tengo la culpa
de reunir en mis versos el dolor que rezuman
esas cosas amargas que remuerden y acusan,
de eso tengo la culpa...!
Los niños constituyen uno de los elementos mas importantes en
la visión de la poeta. Las dificultades templaron su espíritu
para la lucha y la tornaron sensible a las necesidades de los desposeídos.
Tan así, que la hicieron tener gestos sorprendentes, como cuando
incluyó en el escrito dirigido a un juez, un poema, no puedo
decir que fuera éste, pero
“Oración
a mi juez”
Padre
nuestro que estás en el Juzgado
que te vistes, te calzas,
nos ignoras.
Tienes hijos los besas, los comprendes.
Tienes madre, la quieres,
la proteges.
Que percibes tu paga, que la gastas,
despreocupas de nos,
que nos olvidas.
Padrenuestro que estás en el Juzgado
por las noches te acuestas,
no nos piensas,
y en la noche aquí lejos,
te evocamos,
nos mordemos al suelo, nos morimos
castigamos la piedra
con los puños, con las manos unidas
con las uñas.
Padrenuestro que estás en el Juzgado.
Que proyectas, celebras, que disfrutas
que te sientes feliz
que nunca estamos en tu amor ni fulgor
ni en tu sonrisa. Baja al mundo de nos, danos tu mano
ponte un poco la ropa de desdicha,
sé pequeño, sé opaco,
un punto apenas,
el negado de ayeres, sin mañana,
y el perdido del todo,
irrescatable.
El metido en el frío, como un perro,
sé ladrido y aullido
sé un instante
cada niño que un día sepultaste
con la augusta operancia de tu firma.
Sé perverso y sé cándido en un solo
ser que mira y escucha
y no comprende;
sé ese bruto que soy, que te lo debo.
Sé un instante yo mismo,
y no te mires,
desde mí temblarás te verás turbio.
Padrenuestro que estás en el Juzgado,
que no estás, ni estuviste,
así no sea.
El canto se hace grito y ella clama por un amor que
envuelva a todos los habitantes de la tierra, rico y pobre, amo y
siervo, poderoso y criado.
Cuando el hombre va a juzgar, levanta la mano y dicta
sentencia, acaso no repara que detrás de ese rostro que espera
el veredicto final, hay un niño que llora. Al niño ultrajado
de ayer sigue el hombre desalmado de hoy, Donde se alimentaron sus
raíces?
Aquí dos poemas en los cuales la poeta se
refiere a estos temas:
“
Reformatorio”
Te
traían a enderezar tu tallo,
reformatorio para tus nueve años,
para tus nueve pentágonos de risas
remontando al espacio.
Para tus nueve saltos, y nueve trepadoras
carreras por los árboles, y nueve pelotazos.
Te
traían por malo, por sin madre, por padre sin trabajo.
Desnuda
tu raíz para el trasplante,
sufrías en tu tallo, en tu futuro tronco, y en tus hojas,
tu fracaso de árbol.
Desandando,
revirtiendo, fuiste siendo
semilla, surco, tierra,
y la chispa misma que encendió tu vida.
Roja herida manando roja sangre,
y qué piedad por la entraña caliente de tu madre.
En tu nido de miedo, casi nada, casi nadie, casi desierto,
imploraba sin voz tu transparencia,
gota de agua solísima,
resbalando su ruego por la piedra.
Y
te reconocías en ese niño triste
de aquel cuento distante que lloraste en la escuela.
Prellanto de tu llanto.
En tu ardorosa frente, un mechón apagado
como un ala de cuervo
tendía su presagio,
y tú mirabas desoladamente las baldosas del patio.
Te mordías los labios, retorcías la gorra,
y tu corazón,
al borde mismo de tu pie angustiado,
raspaba contra el suelo su latido cansado.
Diez claras mariposas hacían polvo sus alas
en tus crispadas manos.
Y desde la niñez cautiva más lejana,
desde el primer acero que prestó barrotes
para encerrar infancias,
por la pupila abierta
del dolor doliendo,
te mirabas.
En la tibia cisterna de tus ojos, un niño hecho a carbón,
desdibujaba.
Allá afuera, a lo alto, donde el hombre no alcanza,
en un cielo de fiesta, derrochaban los pájaros
su libertad libérrima.
Ya mañana no habría en tu pupila
visión que no tuviera la cicatriz de rejas.
Luego al ritual,
lleno de pánico, tambaleante al borde de la pira,
como el cordero,
que presiente en el aire el olor de su sangre,
sucumbías.
Y
firmas... firmas.... firmas...
Una jaula de trazos para tus nueve años.
Pobres tus ojos niños; pobres tus niñas manos.
Y oculto en el regazo que no tuviste nunca,
abrazándote en tu angustia gigante
a la esperanza última,
oh, promesa de sangre, tú serías más bueno,
jugarías apenas, harías los mandados,
y tu padre, de veras, trabajaría de nuevo.
Y
te quedaste, con tu pobre plegaria entre los dedos.
Un muñeco cansado, tu corazón tenía tanto sueño...!
Y qué dolor tus amputadas alas.
Por
el camino, acongojando el suelo,
tus pasos se caían,
como lágrimas.
“Raíz y Lágrima”
En
ese hombre que te está mirando
escondido un puñal, pupila torva,
en ese hombre que te está mintiendo,
en ése que te engaña y que te roba,
hay un niño que llora,
un perplejo puñado de preguntas
en angustiado asombro de las cosas,
aquel que castigaron sin motivo,
aquel que relegaron en la noche
de una infancia negada de caricias,
el humillado y triste y dolorido,
fuego de odio gestándose en la chispa.
En
esa humanidad que hoy tironea
por armar la contienda,
y abrir las venas
de los pueblos felices que laboran
hay un niño que llora,
el niño eterno,
torturada razón, carne en congoja,
primitiva pureza encarnecida,
doblegada raíz bajo la roca,
semilla de hombre que el hombre pisotea,
sollozando a lo largo de la historia.
Raíz
lágrima, y árbol de tragedia,
tierra amarga,
y la amarga simiente que se anega,
y los frutos veneno,
repartida semilla de tormenta.
Niño vivo llorando en la conciencia,
y una inercia suicida
y una culpa que crece,
la frotada injusticia que trasciende
de la chispa a la cima de la hoguera.
Recogió numerosas distinciones en su extrema trayectoria fue
postulada al premio Nobel de literatura y reconocida como ciudadana
ilustre de ésta su ciudad de La Plata, además de muchas
otras pero hubo una que ella apreciaba especialmente. Fue publicado
en el Congo un poema que había dedicado a Patrice Lumumba:
“Eleva, cierne, fulgura, retumba, labra, rotura la tierra, siémbrala
entera de literatura Lumumba”.
Quiero repetir aquí las palabras de la querida
y recordada Raquel Sajón de Cuello cuando dice: La poesía
de Matilde Alba Swann es misterio. Deslumbra y hiere atemoriza y sobrecoge,
enternece y gime, es salmo de un antiguo y olvidado templo o es agua
fresca sobre la verde ladera de la montaña.
Ya no importa entonces saber si se amolda a los cánones clásicos
o románticos, barrocos o neoclásicos, modernos o vanguardistas,
lo que importa es poseer la certeza de haber rescatado el verbo en
su valor esencial y último: La poesía.”
M.A.S. Esta magnífica poeta partió
de este mundo el 13 de setiembre de 2000, pero la sobrevive su canto,
su deseo de un mundo mejor para todos y el recuerdo permanente de
quienes tuvimos el privilegio de conocerla y compartir con ella inolvidables
momentos.
Para terminar, dejaré un poema en el cual
Matilde ha plasmado su idea para el instante final.
“He
de irme”
He
de irme, dejando,
mi ruego de piedad por los rincones,
con mi pobre voz quebrándose y con mi cansancio,
en alguna noche
en que la luna llena se vuelque por mi cuarto.
Silenciosamente
y con la brisa última que aliente de mis labios,
apagaré mi lumbre
y saldré despacio, dispersando en el aire
los besos que me queden
para tanta criatura que no ha besado nadie.
Saldré sin despedirme, acariciando...
He de rogarle al viento que me preste su mano
y rozaré los árboles dormidos a mi paso.
Partiré con un cielo tan azul y tan diáfano
que parezca increíble.
Y cantaré al espacio con la voz imposible
de mis venas sin sangre,
para todos los niños que se duermen sin madre.
Por encima del árbol, más allá de los pájaros,
al borde de las nubes se extenderá mi abrazo.
Desvanecida en luna penetraré en el rayo
que ilumine la almohada de los que quiero tanto.
Y volveré en la lágrima de los niños que sufren,
y volveré en un beso sobre su pie descalzo.
He de irme dejando
mi ruego de piedad por los rincones
en la hora increíble,
acariciando...
Ilda Elena Merlo
La Plata, 16 de agosto de 2005.
Señor
Ricardo Creimer
De mi consideración:
Es con sumo placer que me dirijo a Ud. y de acuerdo a su gentil
solicitud., hacerle llegar copias del texto y poemas (algunas son
fragmentos) que fueran leídos en su oportunidad.
Por otra parte le diré que será un honor para mí,
la incorporación a la página web de Matilde, aquello
que considere de interés, de acuerdo a su criterio, como así
contar con el borrador que menciona, que me permitirá conocer
mas de su obra, la cual siempre he admirado.
Le ruego quiera acercarle un afectuoso reconocimiento a su encantadora
sobrina Lucía, cuya juvenil presencia me casó gran alegría.
Agradeciendo su atención, reciba Ud. mis respetuosos saludos,
los que hago extensivos a sus hermanos.
A sus gratas órdenes.
Ilda Elena Merlo
Calle 42 Nº 707 -Piso 6 - Dpto. D
Te: 424-4647
P.D. Con referencia al material que acompaño, le ruego
quiera disimular ciertas desprolijidades.
Muchas gracias.
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