Atilio Milanta
Palabras en el cementerio

ANTE UNA ILUSTRE PLATENSE: MATILDE CREIMER


Los poetas son todos iguales; o al menos, parecidos, porque hacen de la palabra el inefable instrumento del canto que se da en llamar poesía, otro vocablo, incluso, indescriptible, misterioso e imprescindible de un linaje especial de ciertos seres que viven en permanente estado de gracia.
Pero, a la vez, los poetas son esencial y enunciativamente distintos, irrepetibles... Como que en el Parnaso jamás se ha dado el caso de los idénticos.
Por eso, Matilde ingresa a aquel destino glorificado con su canto, encendido de personalidad y enjundia, en una latitud donde grandes iniciaron una hoguera de luz y de grandeza poética, inigualable: Almafuerte, Delheye, Speroni o Ponce de León...
En esta singular grandeza de Matilde donde confluyeron tantos idealismos, sentimientos y pasiones, nunca se sabrá si la justicia, la belleza, el dolor, la pobreza o la solidaridad tuvieron privilegios antes que la bondad, el deber, la ética y el llanto, o la minoridad, la mujer embarazada o los pies descalzos o el estómago vacio. Todo ello confluyó en una desbordante corriente de pasión, de abogacía y de poesía.
Si ella fue poeta porque fue abogada o fue ésta por ser poeta, hoy no viene al caso, pues será la oportunidad de analizarlo, como de seguir sus pasos a través de "Canción y Grito", de "Salmo al retorno", de "Madera para mi mañana", de "Tránsito del infinito adentro", de "Coral y remolino", de "Grillo y cuna", de "Con un hijo bajo el brazo" o de "Crónica de mí misma", así como de otros títulos y de no pocas composiciones que quedaron en las paredes, en los álbumes o en las memorias de esquinas y caminatas.
Yo no sé si por ser filósofo, abogado o médico se es poeta. Pero, sí sé, como en el caso de Matilde, que por ser poeta se filosofa, en búsqueda incesante de la verdad, se aboga por la justicia y se intenta paliar el dolor de tanta gente ante la enfermedad, la orfandad, la pobreza o la desnutrición, sobre todo de mujeres y de niños. Allí, quizá, se encuentre, como en el caso de Almafuerte, la verdad o la explicación de esta lira tan sensible que, hoy, aparentemente, ha dejado de sonar.
Hoy no es el momento, tampoco, de hacer una analítica revista de esos títulos que dieron a luz el 55 y el 80, todos nacidos y dados a luz sin otra estampa que el íntimo deseo o propósito de servicio y de conmover a los impávidos que nunca se atreven ni a hablar ni a hacer. Menos a luchar.
Matilde seguirá transitando los pasillos de los pretorios y estará siempre presente en el Colegio de Abogados, en la SADE y en los espacios de la conferencia y los actos literarios, de los cuales nunca se alejó.
Pero, más que ciertos cenáculos o lugares visibles y latitudes de los encuentros y las reuniones, Matilde seguirá ocupando ese íntimo lugar, tal vez no tan visible, donde sólo se escucha el latido de corazones que sienten que tanto le deben a Matilde, así como ocupará no pocos otros espacios de las inteligencias, de los reconocimientos y de las gratitudes, como hace poco en el Colegio de Abogados en que el coro de dicha Corporación ejecutó composiciones musicales del Chino Correa con poesía de Matilde.
No más para decirle a Matilde que los amigos nunca se despiden ni se van del todo. Apenas es un extraño o curioso tiempo de una misteriosa espera en esa otra dimensión, donde allá ya está Samuel...
Con similar fervor religioso que el suyo, rogamos al Señor la reciba bien como Él sabe hacerlo, sobre todo para con los poetas que viven en perdurable estado de gracia. Y más que nada para esos vates, como ella que dejan una impronta incancelable por su fuerza, verdad, privilegio e inspiración.
En nombre de cuantos la conocimos en la SADE en el Colegio de Abogados de La Plata y en el Instituto Literario Horacio Rega Molina, le dejamos el auténtico reconocimiento de la gratitud, por lo tanto que nos dio y por toda esa grandeza que nos deja.

La Plata
14/09/2000

Volver a Testimonios