MATILDE
Francisco Mancuso

Corría el año 1933. Era una época donde, en todo el país y especialmente la Ciudad de La Plata –que no hacía más de 51 años que la había fundado Rocha- en algunos ámbitos profesionales imperaba, casi exclusivamente, la presencia masculina y era muy extraño encontrar a una mujer que desempeñara una misma actividad que aquéllos.

Así ocurría con el ejercicio de la abogacía que -como lo conociera personalmente unos años después- en su mayor parte, se desarrollaba en el antes majestuoso edificio de tribunales de nuestro Departamento (que abarcaba un territorio inmenso), donde, aparte de los magistrados, funcionarios y empleados que concurrían a cumplir sus obligaciones, diariamente se hacían presentes prestigiosos, encumbrados y conocidos nombres del derecho locales y algunos que a menudo viajaban desde la Capital Federal y Partidos circundantes, otros no tan notables, más la masiva concurrencia de procuradores matriculados o no, gestores, empleados de estudios y una variada y pintoresca gama de litigantes que querían hacer valer sus derechos sin patrocinio letrado que, en esos momentos, todavía no era obligatorio. A ello debemos agregar la asistencia diaria de los señores ordenanzas de cada uno de los juzgados de trinchera (1ª. Instancia) los que, con sus propias características atendían su "cocina", que era el lugar tertulia de quienes debían concurrir asiduamente al Palacio de Justicia y de los infaltables y permanentes agentes de policía .(V. los amenos relatos de Miguel B. Szelagowski en la publicación ¿Será Justicia? del Colegio de Abogados de La Plata).

Justo en el año arriba indicado, la doctora MATILDE KIRILOVSKI, nacida en esta ciudad, se gradúa de abogada en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de La Plata, e inicia su apostolado -que, por sus méritos, así merece llamárselo- y dedicación en defensa de los derechos del hombre común, de la niñez desamparada, del ejercicio pleno y efectivo de las facultades, potestades y atributos del ser humano en su trascendencia plena y natural y, que, además, se destacó, desde su inicio, por su activa y desinteresada participación en la cultura ciudadana.

En una nota aparecida en el diario "EL DIA" del 9 de diciembre de 1933, no sólo se destacaba la brillante carrera coronada con la obtención del título universitario por parte de MATILDE, sino que, asimismo, se vislumbraba ya lo que habría de acontecer en el futuro en punto al "aporte de la mujer en las gestiones ciudadanas" y que hoy, por el cambio de costumbres y el empeño de las hijas de Eva de abrirse su propio camino, sin tutelas innecesarias, ha dejado de llamar la atención.

No recuerdo exactamente cuando vi por primera vez a la doctora MATILDE, pero si memorizo que a los pocos días de haber sido empleado en el Estudio del Dr. Juan Pelitti (p) (comenzaba el año 1939 recién tenía 15 años de edad), inicié el cotidiano recurrido de Tribunales para informar las novedades que se producían en los expedientes en que tenía intervención o interés el letrado a quién respondía.

No me llamó la atención la poca o casi nula presencia de mujeres profesionales en los pasillos tribunalicios, pero por esa misma razón me sorprendía cuando, junto a otras pocas letradas, veía habitualmente a una dinámica y agradable figura que, incansablemente, entraba y salía de las respectivas Secretarias de los Juzgados para informarse el estado de los expedientes a su cargo o requerir medidas de urgencia. Habitualmente la acompañaba otro profesional. Pronto me enteré de que se trataba de la doctora MATILDE KIRILOVSKI de CREIMER, junto a su esposo el doctor SAMUEL CREIMER, distinguido y recordado letrado del foro platense.

Nuestros cruces cotidianos en el Palacio de Justicia motivaron que, al poco tiempo, nos saludáramos mutuamente, lo que para mí, por mi juventud, era toda una distinción que la valoraba en toda su dimensión dada la personalidad de la doctora MATILDE. Sus visitas por asuntos profesionales a los Estudios en donde trabajé (Dres. Pelitti y Oscar Lavapeur (p)), fueron otros eslabones de mi respetuoso reconocimiento y admiración de la personalidad, como destacada profesional, de la doctora MATILDE, lo que se fue afianzando, primero, cuando comencé a conocer su dedicación en la defensa de los desamparados y los derechos de la niñez desvalida, y después por su permanente dedicación a la poesía que se materializara en la publicación de muchas de sus obras (V. la reseña que efectúa el escritor y abogado Horacio Castillo, en la solapa de la tapa del libro de MATILDE Con un Hijo Bajo el Brazo, en el que la autora figura con el seudónimo de Matilde Alba Swann).

Cuando me recibí de abogado y sin estar en campos litigiosos contendientes, llegué a conocer más de cerca su calificada y fraternal labor profesional, afianzándose cada día más nuestra recíproca cordialidad, más cuando la casa de la calle 49 en la que vivía MATILDE, donde tenía instalado su bufete profesional, era casi lindera del edificio en el cual estaba situado mi escritorio.

Definitivamente, en oportunidad de ser juntamente electos en los comicios realizados en el Colegio de Abogados de La Plata para integrar el Tribunal de Disciplina, durante el período Mayo 1988/Mayo 1992, tuve oportunidad de valorar en toda su dimensión la calidad humana de MATILDE y la calidez de una verdadera amistad que me brindara por su característica bondad. En las reuniones que, bajo mi presidencia, semanalmente efectuaba dicho cuerpo colegial, los demás colegas que lo componían (doctores Jorge G. A. Dietrich, Hugo A. Relva, Carlos A. Brusa, junto a MATILDE, como titulares; y Adolfo A. Meriles, Néstor O. Galán y Jorge A. Iturrería, en caracter de suplentes –y también, el Secretario, escribano Omar Sánchez-) tuvimos oportunidad de escuchar los sabios y meditados consejos de MATILDE y, más que nada, su amplio conocimiento de la endeble condición humana para poner de resalto -en defensa de la sagrada profesión ejercida noblemente- el irreparable perjuicio a que por la mala acción de un letrado, no sólo se le ocasionaba injusta y directamente a un particular que había recurrido a sus servicios, sino a la abogacía toda.

Tengo la satisfacción que, generosamente, MATILDE hiciera llegar al recordado doctor Alejandro Larrechart, y a sus colegas Enrique P. Basla, y Juan P. Augé, junto al que suscribe estas líneas, su gratitud "por sus estímulos de siempre" como lo consignara en la cuarta hoja de la publicación de su libro Con un Hijo bajo el Brazo ya citado, pero, en realidad, los agradecidos creo –asumiendo, atrevidamente, la representación de todos- los agradecidos somos los destinatarios por el privilegio, primero de contarla como una buena amiga y, después, por haber tenido la suerte de gozar del producto de su brillante pluma.

Por sus méritos y su excelente y larga trayectoria profesional y cultural, MATILDE recibió y sigue recibiendo innumerables reconocimientos como se encargara de puntualizarlo la decisión o el Acuerdo de fecha 9 de abril de 1991 de la Comisión Directiva del Colegio de Abogados de La Plata, como también la nota aparecida en la publicación de la Memoria del mismo Colegio, pag. 9l del Período 2000/2001, y, entre muchos otros, la dedicatoria que del poema "El Arbol" le dedicara su autor, el amigo Basla, en su libro "punto inicial". .

Por último, deseo referirme a la querida figura de MATILDE proyectando su retrato a través de sus mismas palabras:"En noches infinitas, sublimé el hecho cotidiano, que en vigilia atormentó a la abogada: la niñez desvalida, la adolescencia carenciada, la familia en riesgo, la delincuencia juvenil en cuya salvación caminé kilómetros por pasillos tribunalicios y por celdas carcelarias. Lo viví, lo padecí, lo sublimé" (Fragmento de la prosa "La poesía del Derecho", publicada en las pags.119/131 del libro Con un Hijo bajo el Brazo antes mencionado).

LA PLATA, 7 DE MARZO DE 2005

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