La Poesía del Derecho
Los
abogados, solemos ser poetas. Simplemente, porque a la hora de elegir carrera,
apenas si más allá de la adolescencia, suponemos que
el bien decir, puede decidir el resultado de una causa.
Nunca
pensamos, al optar por la abogacía, que su ejercicio pudiera consistir en
acusar; se nos viene haciendo carne la idea de que el valor justicia, sólo habrá
de lograrse defendiendo; y defendiendo por excelencia la libertad. Penetramos
en la abogacía por el camino esencialmente emocional. Vamos al derecho con
todas nuestras apetencias juveniles, vislumbrando una madre sola; un niño
abandonado; un anciano desprotegido; un pueblo sojuzgado; un mundo amenazado de
destrucción. Y quién, que sea poeta -porque
poeta se nace- no siente en su sangre y en sus huesos el llamado del corazón
por todas esas pequeñas y grandes causas que hacen a la existencia humana.
Entonces
uno, frente a las puertas de la universidad, opta por la abogacía. Y
encuentra poesía en lo que de fundamental ostenta cada una de las
disciplinas. Lo que no comprende es
la importancia que la organización jurídica del Estado
atribuye a tantas cosas en las que uno antes no había reparado. La propiedad;
las finanzas, el comercio, la política, la administración. Sí entiende uno en
su ingenuidad que existe el derecho
penal; el procesal penal, el derecho de familia; las grandes acciones tendientes
a la efectivización de tales derechos, el Habeas Corpus, con mayúsculas; la
acción de amparo... el indulto... la amnistía.
Pero
además uno ha creído, literatura y cine por medio, que la erudición es el arma
poderosa por excelencia en el ejercicio de la abogacía. Y qué poeta no se
siente erudito, con facilidad de expresión, porque además ese incipiente
poeta no ha comprendido bien, que la concreción poética no se logra con
palabras sino con imágenes. Y además qué poeta no se siente, y a veces con
toda razón, dueño del total carisma. Y el carisma -se dice uno- tiene que
tener fundamental importancia ante los jueces.
Después,
ese poeta en cierne o decididamente precoz poeta advierte, una vez obtenido su título
de abogado, que no ha elegido mal su carrera, porque en el ejercicio de la
profesión, ha comprendido que sí, que hay en ello poesía, que hay creación,
que hay belleza.
Y
entonces, por acción inversa
descubre que hay una recíproca interrelación. Que la sustancia de su poesía
comienza a ceñirse de realidades; que los pequeños episodios de la vida
cotidiana dan impulso a su fantasía; que son esos pequeños episodios, los que
sublimados adquieren valor de universalidad.
Y
el poeta llega entonces a convertirse y ya en forma definitiva en abogado
poeta, y se enfrenta con esa generalizada disyuntiva que en definitiva no lo
es: poesía "comprometida" o "no comprometida".
La
legitimidad de la poesía de amor y ternura no se cuestiona, poesía y ternura
parecerían una sola y misma cosa. Existiría en cambio una actitud de rechazo
para todo aquello que dijera algo en testimonio de algo y en su estimativa. Por
supuesto que dentro de las posibilidades poéticas no está la de la solución
de los infinitos problemas que en determinado momento pudieran aquejar a
determinado grupo social. El poeta se limita en su canto, a la mostración, ni
siquiera llega a la demostración, y mucho menos a la solución, que esa es
tarea del sociólogo, en el mejor de los supuestos.
Al
margen de ello digamos que no hay actividad creacional que no conlleve un
compromiso. Manifiesto o encubierto pero el compromiso existe. Hay opción
expresa o tácita, pero la hay. El hombre vive en sociedad y no puede
desprenderse de ella, para ser "puro" a salvo de toda connotación del
medio.
En
el caso del abogado, la metodología jurídica se le mete dentro y quieras que
no, el poeta, lo ha de ser con un "plus", él es un realismo acunado de
imaginería.
Debo
decir que el tema de mi primera labor de seminario en la Facultad de Derecho, a
los veinte años, lo fue Delincuencia Juvenil. Allí volqué mis modestos
conocimientos, y mi pretenciosa inspiración. A partir de entonces mi orientación
profesional quedó signada; también mi orientación creacional.
En
noches infinitas, sublimé el hecho cotidiano, que en vigilia atormentó a la
abogada: la niñez desvalida, la adolescencia carenciada, la familia en
riesgo, la delincuencia juvenil en cuya salvación caminé kilómetros por
pasillos tribunalicios y por celdas carcelarias. Lo viví, lo padecí, lo sublimé.
Y así sublimado, conmovió y penetró en innumerables instancias de mi gestión
profesional. El poeta alcanza en ocasiones a adelantarse a los hechos, a tal
punto que en vez de ser éstos el motivo, terminan siendo su prueba. Verificación
empírica de una intuición.
"Mi
Latinoamérica", precedió al hoy candente "latinoamericanismo”.
"Analfabeta",
precedió en mucho, a la cruda mostración del drama de nuestro analfabetismo.
No
pocas veces incorporé una estrofa, cuando no un poema entero, en mis
presentaciones en favor de la niñez. En una acción de amparo, se me preguntó
"y esto qué es...? y debí responder "es un poema", pero integra
la presentación, tal como ocurrió con “Oración a mi juez” y "Tiembla
tu corazón".
Finalmente,
debo manifestar que mi poesía llegó a servir en defensa de la niñez
desamparada, no en menor medida que la ley, que la doctrina, que la
jurisprudencia.
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