| Tus
manos negras, que yo no
cambiaría por las manos más blancas de la tierra. Tus compasivas manos de poesía. Tu sangre roja, como la nuestra, dulce y espesa bajo tu piel nocturna. Tu palabra caliente como la sombra de una criatura muerta, crespón y lumbre, “spiritual”, y la estridencia, distorsionada angustia, como un puñado de nieve a la tiniebla, “jazz”. Y en el encierro del pergamino tenso, tu tenso corazón, rotundo y tierno, tambor. Tu gutural canción rodando ronca y mansa y ronca y estentórea, y profunda, como la voz de tu paciente río, como la sigilosa |
canción
de cuna blanca, para la tibia sombra de tus niños. Y dolor. Langston, tu dolor que levanta y castiga la falsa gloria del enfatuado blanco. Y tu ademán de selva, y tu fulgor de trigo, y este mito de libertad que grita debalo de tus uñas. Leño en llamas ardiendo hasta las nubes por encima del hombre, del miedo y de la farsa. “Spiritual”, tu oscura voz bendita. El universo en derramada nota por tus venas, las montañas licuándose en tus ojos, y los ríos brillando en tus pestañas, y la hierba creciéndose en tu pecho, y tu rojo corazón de canto. Tu corazón abierto, como una libertad de las que sueñan tus ensoñados negros. Tambor, fatiga, y esperanza, Langston. |
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