LANGSTON HUGHES

  

Tus manos negras, que yo no cambiaría 
por las manos más blancas 
de la tierra.
Tus compasivas manos de poesía. 
Tu sangre roja, como la nuestra, 
dulce
y espesa 
bajo tu piel nocturna. 
Tu palabra caliente
como la sombra de una criatura muerta, 
crespón y lumbre, 
“spiritual”, 
y la estridencia, 
distorsionada angustia, 
como un puñado de nieve a la tiniebla,
“jazz”.
Y en el encierro 
del pergamino tenso,
tu tenso corazón, rotundo y tierno, 
tambor.
Tu gutural canción 
rodando
ronca y mansa 
y ronca y estentórea,
y profunda, 
como la voz de tu paciente río, 
como la sigilosa 
canción de cuna blanca, 
para la tibia sombra de tus niños. 
Y dolor.
Langston, tu dolor que levanta 
y castiga la falsa gloria
del enfatuado blanco.
Y tu ademán de selva, y tu fulgor de trigo, 
y este mito de libertad que grita 
debalo de tus uñas.
Leño en llamas ardiendo hasta las nubes 
por encima del hombre, del miedo y de la farsa. 
“Spiritual”, 
tu oscura voz bendita. 
El universo 
en derramada nota por tus venas, 
las montañas licuándose en tus ojos, 
y los ríos brillando en tus pestañas, 
y la hierba creciéndose en tu pecho, 
y tu rojo corazón de canto.
Tu corazón abierto, 
como una libertad de las que sueñan 
tus ensoñados negros. 
Tambor,
fatiga,
y esperanza, 
Langston.

                                 Matilde Alba Swann
                          
(Madera para mi Mañana)


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