Tú trajiste tu perro; lo extrañabas,
y lo trajiste para siempre.
Manso,
no rayará la mesa, ni trepará a la cama,
ni moverá las sillas de su sitio.
Mis hermanos, que acuné y crecieron
a mi vera adorándome,
los pequeños,
no vienen casi, de la casa grande.
De allí donde la mesa
quedó tatuada a eterno en un suplicio
de arabesco, trazos,
como cardiogramas, bendecida
madera mártir, que nos guarda tanto.
Todo instrumento resultaba digno,
un cortaplumas, un cuchillo, un clavo,
pero la mesa vive.
Yo no estoy ya a su lado cotidiana;
éramos, juego y reyerta, unidos,
como los dedos de una misma mano.
Nunca cuidamos perros.
Cinco traviesos libres, como el viento,
como más los otros todos del contorno,
bastábamos, dichosos,
sacudiendo puertas, destrozando vidrios,
desgajando ramas.
Fue por obra, de este amor que te tengo,
que ahora faltan
mi canción y mi risa
de aquel concierto de alegría grande.
Tú trajiste tu perro y para siempre.
Los pequeños, viven apenas
un instante,
ellos, no sabrían quedarse sentaditos
a tu voz, ni contemplarte mansos,
ni hallarían, en esta casa recién crecida
a nido, alegría ninguna
estando atados.
Éramos cinco tiernos, entrañables,
como los dedos de una misma mano.
Y los sueños distantes, añorándome,
y me quedo, y te miro,
cómo acaricias fraternal al perro,
y este amor que te tengo,
está llorando.
Matilde Alba Swann
(Con un hijo bajo el brazo- 1991)
|