Los hombres que empuñan la muerte, de pronto,
pudieron ser buenos y dulces y tristes.
Los ébanos ojos, los ojos celestes,
en un claro instante sin sangre
de pronto,
los hombres que empuñan la muerte, se quieren.
Rotosos, deshechos
parecen guijarros dispersos, o sombras.
Parecen palomas dormidas, la noche
se ha puesto de pronto a contarles un cuento.
Había una vez una madre, una esposa,
había una hermana, una novia,
una casa
soleada con niños y risas,
un hombre.
Había una vez muchas casas, talleres,
domingos y días de fiesta,
campanas.
El viento silencia su flauta y escucha.
Había una vez una casa, un espacio
de amar y sembrar
y ver flores,
y frutos.
No matan ni mueren. Recién advenidos se sienten.
Quisieran,
por sobre trincheras, masacres y duelos,
correrse al encuentro, tocarse las manos, pedirse
fraternos perdón, perdonarse.
Quisieran tomar esa paz y guardarla,
que no se la quiten más nunca, beberla,
soltarla en su sangre
como un pez de suerte, susurro caliente,
saber que navega.
La herida no mana, la llaga no duele,
la casa, la madre...
Los hombres que empuñan la muerte, quisieran
creer; no más guerra.
Las aves reanudan sus alas; la aurora
se empina por sobre los montes,
los ríos
musitan plegarias azules,
clarea.
Es como si fuera a nacer la primera
mañana del día primero
del tiempo.
Y sueñan...
Un mostruo implacable, insaciable, devora
las carnes ya exhaustas
del lapso de tregua.
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