Simplemente - como mejor proceda - le pedí
Y le mostré a un loco desnudo; era un caballo,
Increíblemente vertical
y manso.
Un grito era, turbio, impronunciado,
su piel, su carne, su saliva, las transpiradas,
las desoladas huellas de su mano, y su deseo,
ininteligible para él,
de llanto.
Esto es un hombre, Señoría, dije;
una mole de miedo y de inocencia,
un remolino incontenido, un hueco
que Dios dejó sin rellenar, un barco,
en la hondura mas fría del naufragio
cuando todos habían perecido,
cuando ya no quedaba ni el mordisco
del roedor en su vientre.
Un mar vacío
y una espuma en la cresta del fracaso.
Esto es un hombre, dije.
Era de noche casi en el Juzgado.
Así vive, tuvo
nueve meses de columpiar en madre,
luego fue el grito inaugural, un cielo,
y un pezón de ternura
a amamantarlo.
Esta desnuda forma, con sus brazos,
con sus piernas, su sexo, su desánimo,
hueco por dentro,
y por fuera nadie, todos los días muere,
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lo despiertan, como un rito lo uncen,
lo encadenan a la noria del no-ser, amarrado
a su inconsciencia mora, nos refleja,
somos él, cada vez, si lo miramos.
Simplemente, un actor desnudo,
en la sombría escena de un establo.
Y jugaba su papel de loco, se vestía de frío,
Maquillado
Todo entero en estiércol, la mirada
Ambulada en vacío, sus dos brazos
Pegándose a su cuerpo, y en un rincón su sexo
Desprendido, en simbólica ausencia de pecado.
Era Melchor Romero.
Yo le dije: Su Señoría no, no es un teatro,
ese caballo vertical, ungido
de desnudo, es un hombre. Está viviendo
su sin-rol y sufre.
Su Señoría;
sufre...
El juez ciñó como una piel su toga
hasta sentirla en su latido
y puso en un platillo al mundo
con su lúcido látigo,
en el otro, al sin mundo del loco,
y fue justicia.
Entre las hojas de la ley quedaba
para un aroma de reliquia,
abierta,
la corola salobre de una lágrima.
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