SALMO AL RETORNO

 

Fatiga, fatiga de mí misma y de las cosas.
Fatiga que camina, fatiga que se arrastra,
fatiga que se apoya en las paredes rugosas,
que resbala
	sobre el musgo de las piedras,
			que cae
		y se levanta.
Fatiga que agiganta los pasos y las horas
que vigila y que se sobresalta, que se adormece,
y que despierta entumecida
		sobre la noche en canas.
Y el corazón que late como una cosa escrita,
terminada.
Y la esperanza que nos habla al hombro,
y el aliento sin boca que nos manda.
Ya nacemos con un cansancio ajeno,
el cansancio de Dios
con las piernas abiertas sobre el caos.
Nuestro llanto trayendo antigua arena,
y allí, durmiendo,
todas las palabras del diccionario
en la primera voz del balbuceo.
Fatiga que gatea, fatiga que camina,
fatiga de pasos que avanzan
	que retroceden
y se quedan.
Fatiga de esperar a que terminen de hacernos
con nuestra miedosa arcilla endureciendo.
Fatiga de cerrar la mano y el corazón y el cuerpo.
Y esto es todo, pesadez, insomnio,
pasos ajenos bajando hasta nosotros
por los veinte peldaños
del calendario
roto.
Vida anciana, pesada, hecha de golpes,
de vendas y remiendos.
Y este cansancio de querer ser grande...
Desde allá abajo sin embargo, desde antes, desde adentro.,
va subiendo en burbuja al desaliento
la transparente gota,
y una sonrisa
como un pez
de leche,
	ondea
	       desde el fondo
		          mi agua muerta.
Dormidas horas blancas veteándose en el cieno.
Blancas paredes las espaldas del sol que se recuestan,
avenidas blancas, y un deshielo de fuentes...
Niñez, te debo todo. A ti me vuelvo, y desde la fatiga,
				se deslizan
			hacia atrás
		mis horas.
Y me tiendo a tus pies, un ciervo herido,
remota claridad pupila adentro.
Sonrisa brotada al sol radiante,
azules cardos,
me he dejado dormir a tus umbrales
y amanezco a tus luces, parpadeando.
Desnuda de atavíos y oropeles, se me llenan los ojos de llovizna,
infancia presentida hacia el recuerdo.
Corre en mis venas una embriaguez de campo,
la cautela de espinas,
boca abajo,
un sendero de hormigas, y un verano de abejas,
beso el pasto.
Y la voz de la tierra, estrofa nueva,
me trasvasa un asombro primitivo
y un silencio capaz de hacer milagro.
Mi corazón se ha quitado la cáscara
y se lanza en antiguas travesuras
a mojar su latido
con la lluvia.
Déjame estar, niñez, vuelvo cansada
tomándome de los árboles
rozando las paredes
y sangrando.
Dame tu mano, recóbrame a tu paz.
Y este cansancio...

Salmo al Retorno - 1956

 


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